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A la deriva

Es una gota cruel la última de la clepsidra para aquel que no encuentra el norte en ningún lado. De nada le sirve dibujar figuras en los cielos, porque desconoce las estrellas. Solo repite un par de historias que lo ayudan a enfocarse como talismanes. El hombre en el laberinto que conoce su destino al ver la sangre de la bestia en el suelo. Un hijo ambicioso que no se conforma con ver el Sol de lejos. Un general que sabe que cruzar un río es no volver, pero que igual no puede volver. Un ciego que llora a una o dos mujeres y se refugia en la erudición y la distancia. Un desertor que dibujó su propia bandera y busca la gloria en sus pequeñas guerras personales.

Teseo y el Minotauro

Lo inverosímil del mito no es el laberinto, o el monstruo, o la victoria humana, es el hilo. Porque todo el resto, detalle más, detalle menos, son hechos cotidianos. Todos nos aventuramos alguna vez en un laberinto. Luchamos con algo que nos superaba y lo vencimos contra toda probabilidad. Pero la vida no es como Ariadna, no da una cuerda de oro para volver. Y por más arrojo que uno tenga, sin ayuda, el laberinto es la bestia.

Incógnitas

No se conocen las causas de las derrotas inesperadas a manos de los más tristes enemigos. Si al luchar mucho tiempo contra algo nos terminamos pareciendo al objeto de nuestro odio, qué quedará para el mañana. Cuántas veces seremos el resultado de lo que no queremos y nuestros sueños se derramarán sobre la almohada. La mancha que dejen no podremos verla, pero supondremos que es grande y horrible. Canta nuestros pesares un ruiseñor a lo lejos, como en libro viejo, pero no lo escuchamos, pero no lo leemos. Se guarda alguien nuestro último beso, mientras las campanas suenan fuera de nuestro alcance. Un día, libres seremos de nuestras cargas, hoy apelamos a las piernas fuertes y a la esperanza de que al anochecer el mundo se renueve por completo. ¿Serán las dudas la causa de mi congoja? ¿Será la congoja la causa de mis dudas? Las disyuntivas me consumen, como la vida al niño, como el reloj a los minutos.

Lo que pasamos

Dice un viejo proverbio chino, que si es necesario pararse en el camino, hay que mirar siempre hacía el destino, lo que falta recorrer. Pero es posible que una que otra vez volteemos la cabeza y de reojo miremos ese trayecto superado. Es parte de nuestra naturaleza, como bien sabe el escorpión, a veces hay que mirar atrás, por más que no queramos. Entonces recordamos experiencias, las revivimos o visitamos los lugares donde las cometimos, porque es un crimen la nostalgia. Sin embargo, nos sirve para reanimar nuestra memoria, volver a ser lo que ya no somos y que forma parte de nosotros. Una vez hecho esto, es una obligación volver a andar. Mejor que pedir un camino corto es desear un par de piernas fuertes.

El efecto de las rosas

Lo lamentable de la belleza es que sólo dura un instante.  Es lo que a los mauristas les gusta denominar el efecto de las rosas. Una rosa sólo será La Rosa durante un instante eterno. Todas ellas quieren, mas una lo logrará por un minuto o dos antes de comenzar a marchitarse. Con las personas es lo mismo, por algo somos mortales. Es nuestro premio y nuestro castigo esencial. Hasta qué punto se crece y desde cuándo se envejece es algo que nadie puede saber con certeza. El mundo se apaga un poco más cada vez que esto sucede, los que pueden testificar aseguran haber conocido el paraíso. Es nuestro cruel destino, se nos da sólo para entender nuestra miseria al perderlo. Nuestro castigo al esperar volver al lugar del que nos echaron. Pero qué hermosas blasfemias viven en algunas de mis flores, que se creen dioses por un pestañeo.

Observación a Borges

Decía el viejo Borges que nuestro es lo que hemos perdimos. Pero algo nos ocultaba, el juguetón maestro, lo que se ha ido esconde más y más con el tiempo sus secretos. De a poco se olvidan los detalles de unos labios, los colores de los ojos, las palabras de las cartas. Es el olvido el verdadero prodigio de la memoria, que nos exime de detalles dañinos. Es la transfiguración de los errores y fallas del pasado la tenue panacea que se nos otorga. Es cierto que pueden ser meros consuelos de alguien sin nada, pero muchas veces sería imposible dormir si esas pequeñas cosas no nos abandonan. No hablo de la muerte, que es una sombra eterna en nuestras mentes. Hablo de ese beso de invierno, que sofocó el frío y la resistencia. Hablo de esos amigos que nos cambiaron por el bando enemigo. Hablo de esa línea que quizá te justifique y que decidiste no escribir. Nuestro es lo que perdimos, pero nuestros son los olvidos, aquellos que nos dan libertad de poder encontrar nuevas cosas para per...