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Amuletos

Quizá sea una trampa de la que no pueda escapar, pero no puedo evitar seguir el camino de entrada. He visto a otros recorrer el mismo sendero y lamentarme por sus predecibles finales. Y hoy yo recorro esas piedras, casi arrastrando los pies, pero sin frenarme. En algú n punto fui Dédalo construyendo un laberinto imposible y sé que en algún momento seré Ícaro tan alto que mis alas se derretirán y caeré, pese a todo. ¿Qué o quién me estará esperando en el centro de mi laberinto? Llevaré siempre alguno de mis amuletos, esos talismanes que no me dejan olvidar quién soy, aunque todo lo demás se pierda.

Sin un mañana

Se desdibuja una sonrisa que nunca estuvo completa con el devenir de esa gota en la taza. Parece irreal el suspiro, el gesto cansado, la suma de palabras que arman oraciones que no entiendo. Sonará fuerte la puerta en cualquier momento, pero no importa. Se llenará de mensajes el teléfono en cualquier momento, pero no importa. En mi reloj se refleja el sol y veo un círculo de luz en la pared. Me pierdo en él, como se pierden los gatos o aquellos que no buscan un mañana.

Niño cerca

Ella le sonríe y festeja con cierta ternura un chiste sagaz. Él no dice nada y mira el suelo, pero en el fondo acaricia el pelo de un niño pequeño. Un niño que se maravilló a los 3 años al ver el dibujo de un dinosaurio. Qué se conmovió al entender la inmensidad del universo o lo minúsculo de nuestra especie. Un niño que soñó con sus ancestros y que imaginó generaciones de descendientes. Un niño que entró al río y que cuando salió entendió que ya no era el mismo río ni él el mismo niño. Él no le dice nada a ella, pero a ese niño trata de tenerlo siempre cerca.

Ante el Rubicón

Los dados en la mesa auguraban la necesidad de una batalla, incluso para mí, que no creo en el destino. No veía en el horizonte cercano ningún hilo de agua que sea un punto de no retorno. Y sin embargo, mi cuerpo se preparaba para ese sentimiento posterior al fracaso inminente. Tal vez ya estaba combatiendo y todavía no lo sabía; saltar al vacío es un proceso que comienza cuando uno se levanta una mañana. Con la distancia de las décadas puedo verlo claro.

Otras circunstancias

Sus dedos pasean casi perdidos sobre el borde de la copa, todavía tibio por el calor de su boca. Habla de algo que no se puede repetir, algo de lo que se lamenta, pero no es algo que yo entienda. Estoy perdido en dos o tres colores que me distraen a confines insospechados. Uno descansa en sus ojos, como la tierra húmeda, fértil y cultivable. El otro en el escarlata de sus labios, que despiertan sentimientos que no sabía que todavía tenía. El tercero es el negro de su sombra, que se vuelve más intenso cada vez que se va. Tal vez descubra en mi indiferencia algo que no me atrevo a decir, pero que tampoco se quedará a escuchar.

Aquel jueves

Su muñeca se movía lenta pero firme mientras dibujaba una lágrima en el lienzo. Yo improvisé que esa gota también era el río y el tiempo, entre risas. Ella me miró, siempre con una sonrisa y se me acercó despacio como la niebla. Cuando ya podía sentir el calor de sus labios en mi mejilla susurró casi entre suspiros que todos los corazones tienen que romperse. Todavía intento demostrar que se equivoca, pese a los años y a mis derrotas.

En los pasillos

En los pasillos la gente se amontona y comenta, entre susurros y cuchicheos. Se miran y se interpelan sobre una casual derrota que los dejó sin habla. En los pasillos se dicen que no estaban participando, que no había nada que perder. Pero en esos mismos pasillos sus estómagos crujen y sus manos sudan. Están desorientados en sus conversaciones y no saben a dónde ir. Me miran. En los pasillos la gente habla de la suerte echada y de la derrota. Se pegan a las puertas o se ponen debajo de los marcos buscando protección. En los pasillos alguien augura nuevos principios sin saber que una época terminó. Y yo siento que esas tristezas serán nostálgicas canciones en el futuro.

Un secreto que se olvida

Las crónicas reflejarán detalles de una mujer que no se animó a tomar la decisión arriesgada y se quedó con lo seguro. Las dudas, en ciertos aspectos de la vida, son un grito de cambio. Todas las demás batallas están perdidas. Y la derrota se puede endulzar con miel, pero sigue siendo derrota. Las crónicas dirán que es para mejor, que todo cambio es un riesgo, que es preferible lo seguro. Pero nunca dirán mi nombre, porque no lo saben. Hablarán de un supuesto, tal vez de un ex, pero nunca me mencionarán. Primero me omitirán las crónicas, después seré un secreto que se olvida.

La sangre todavía fresca

Tal vez algún historiador sea bondadoso y la considere una victoria oculta, un triunfo a largo plazo. Pero hoy se ve como el comienzo de un final por años anunciado, casi inevitable. Ningún imperio se desmorona en un día, a veces lleva años o incluso décadas. Y esos trozos darán vida a nuevos reinos, a nuevas historias. Sin embargo, no puedo dejar de pensar en el viejo emperador que se sienta a ver el final. Miro por la ventana de mi cuartel de invierno y no puedo dejar de pensar.

Los límites de los sueños

No sé cuándo crucé la barrera, pero descubrí que mis sueños confabulan contra mí. Y de alguna manera también soy cómplice de mi martirio, porque conocía el doble filo de la imaginación. Es verdad lo que afirman aquellos que rechazan la construcción de ídolos. Hoy no recuerdo cómo era su tacto, pero al cerrar los ojos puedo sentirlo en mi piel. Estoy perdido, soy mi propio enemigo y no suelo perdonar.

La cosas que no se cuentan

A veces imagino el suspiro relajado de Teseo, con la espada ensangrentada y a sus pies el cuerpo del Minotauro. Tal vez temblaba, tal vez lloró de alivio o de alegría, tal vez no sintió nada y solo miró el hilo que lo liberaría. Pero Teseo estaba destinado a ser héroe ganara o perdiera. Su derrota y posterior muerte encendería una mecha en Atenas que terminaría en rebelión. Todos llegamos en algún momento al laberinto, algunos entramos por curiosidad, menos buscamos a la bestia. Y es ahí cuando comienza el desafío, cuando se pone todo delante cuando se puede perder. Pero aún así entré, busqué, encontré y enfrenté, desarmado, como cualquier otro mortal a pie.

Declaración de guerra

El líquido escarlata bailaba con cada movimiento de su muñeca dentro de la copa de vino. Sus ojos no miraban nada en particular, simplemente contemplaban su realidad. Mientras fumaba, porque no podía ser perfecta, deslizó que estaba confundida y que quizá yo era parte de esa confusión. Ahora que puedo mirar al pasado tras el abismo que solo abre el tiempo reconozco que me simpatizaba su forma de ser. La declaración de guerra flotó en el aire por un largo rato, pero ninguno movió sus tropas esa noche.

Curiosidad histórica

A veces, sin quererlo, enumero detalles de su rostro en mi mente. No como un ejercicio de tibia nostalgia o prisión de recuerdos. Sino como un resultado involuntario de mi curiosidad histórica. Y no me limito, en cuanto a estudio antropológico, a simples detalles morfológicos. Una sonrisa, por ejemplo, viene evocada con alguna broma y su voz. Una mirada, con contexto idealizado y tal vez también con una sensación distante de tacto. Y es raro que esas tumbas sean profanadas cuando sé bien que no esconden ningún tesoro. Ni tampoco son el sepulcro moderno de un insospechado Lázaro.

Las cosas que escondemos en nuestros laberintos

Ella puso el punto final con la tercera campanada y dejó atrás un lienzo en blanco. Ese tejido está guardado detrás de una gran puerta al fondo de miles de pasillos. Cuando lo descubrí, el tiempo lo había mancillado con cruel tiranía. Sus hilos, antes paralelos, se separaban despacio como un camino que se bifurca. Desconozco al Minos que condenó un trozo de tela a sufrir tal destino, aunque lo entiendo. En mi bóveda duerme un reloj de arena que cada tanto me recuerda que tiempo pasa para todo.

La canción

Una caricia y un beso en el cuello son el preludio de un pedido que paralizó mi ser. Marina miró mis ojos con esa expresión de contemplación típica de quien no entiende lo que ve y me pidió que escriba una canción para ella. El suelo fue el objetivo directo de mi reflexionar, no sabía cómo explicarle mi realidad. No podía decirle que su presencia en mi vida me prohibía expresarme. Que había superado el velo romántico de las sonrisas amistosas. Que mi mundo fantasioso se derrumbaba ante la felicidad de tenerla cerca. No iba a entender que la inspiración depende de la memoria y la tristeza, porque la felicidad es un fin sin adornos. Que tanto Olivia como Irene no eran contemporáneas de ella y por ende, no podían reaparecer ahora. La luz del día baja despacio, la clepsidra se agota, quedarán para mañana las respuestas ingratas.

Torre del desierto

Se ve desde gran distancia en el desierto la torre que es objetivo de todos. Después de recorrer varios kilómetros a pie, se llega a una especie de oasis, donde se puede descansar. Pero aunque parezca el final del viaje, es solo la primera etapa. Un jardín rodea la edificación, con formas concéntricas o callejones que no llevan a ningún lugar. ¡Alto! La hierba que sirve de muro es venenosa, pero todavía se puede volver atrás. En algún punto todo parece un sueño o una pesadilla, pero cuando se está cerca, se ve la cúspide de la torre y tal vez su tesoro. Puede que al querer simular la vida, la eterna torre guarde dentro alguna sorpresa más. Escalones infinitos, falsos finales, algún personaje de terror en alguna habitación perdida. ¿Cuál es el premio tras tanto sufrimiento? No creo que tengamos lo mismo en mente, pero hay que intentar llegar para saberlo.

La luz entre las hojas

En el bosque, entre las sombras del pasado y del olvido, se encuentran las ruinas de un castillo. A veces los animales, revuelven las rocas ya gastadas por el tiempo y se regocijan en tesoros que no entienden. ¿Quién habitó aquella grandeza y aceptó sin luchar que desapareciera? Algún desconocido husmeará entre los restos y en un fútil intento explicará vanas razones. Se dibujan formas en el suelo, producto de la tenue luz solar que penetra el cuantioso follaje. Una flor crece entre los escombros de la destrucción y sueña con que al madurar, verá el lugar con todo su antiguo esplendor. Los símbolos no pueden morir, las piedras que caen siempre se pueden volver a acomodar, la flor lo sabe y el rayo de luz que juega, le da la razón.

Fracaso y derrota

Camina casi sin fuerzas, porque está herido y ya no sabe si es día o noche. Arrastró su espada varios días, porque temía o esperaba retomar el furor de la batalla. Antecedentes de severas victorias y justicia de fuego desvanecidos en el final. Lejos ve un recuerdo que lo invita a esmerarse y avanzar un poco más. ¿Será un espejismo que sin remordimientos juega con su mente para una última desilusión? ¿O será ese paraíso que espera en la meta, donde los que perdieron son perdonados? Quienes antes lucharon en su contra, es posible que sigan su mismo destino. Una estrella fugaz cae del cielo como un rayo, mas el héroe no la ha visto.

Gotas de cera

No alcanzan para conformar al hambriento las migajas de pan de las mesas ricas. No alcanzan un par de gotas para saciar al sediento. No es suficiente saber que la culpa no es propia, sino que hay otras cosas detrás que no se pueden controlar. Cuando el amor se inmola a alguno se llevará consigo y cavará la fosa en un segundo. Luego vendrán los consuelos para el velado que se observa de lejos. Se dirán palabras que no necesariamente son ciertas para apaciguar el dolor. Una vela mantendrá la vigilia y la esperanza de una resurrección final. Gotas de cera formarán un río congelado, que avanzará lento pero constante. Hasta aquel día en que la mecha ya no tenga qué consumir.

Testigo en el desierto

El mar se llena despacio con las lágrimas del cielo que caen sobre él o que llegan en torrentes desde las altas cumbres. Hay un nombre que a todos nos duele y nos arrastra al amor, al odio, a la nostalgia o a la tristeza. Se edifican castillos sobre falsos cimientos, pero no es imposible que el castillo exista o que pueda sobrevivir a los terremotos. Sin embargo, dejar pasar los momentos, matar los sentimientos, destruye hasta los más firmes suelos. Esta puede ser la historia de cualquiera, pero como siempre, es el relato que más duele bajo el firmamento. ¿Ocurrió la catástrofe si el único testigo murió en ella? Él, acaso, se ha llevado la respuesta consigo en el desierto.