Entradas

La Venganza

Es igual a una sombra que lo oscurece todo. Si nuestra alma es luz, poco a poco pierde su esencia y se convierte en otra cosa, poseída por ese espíritu tenebroso, arrastrándonos lentamente hacia las tinieblas y el fuego. Somos presas, es verdad, pero a veces nosotros mismos la buscamos, sedientos, cual hombre que vaga perdido en el desierto en busca de un sorbo de agua para poder sobrevivir, para despertar al día siguiente. Probable es que seres más desarrollados no posean este tipo de sentimiento que ciega, incluso, las mentas brillantes de nuestra especie. Nos vuelve animales, con la necesidad de satisfacer un deseo bárbaro: la venganza. La posibilidad de escapar es casi nula, porque nuestras limitaciones son casi infinitas, pero si lo meditamos comprenderemos que después de la tormenta suele salir el Sol.

Letras al Silencio

La quietud es un estado fenomenal, donde cosas maravillosas pueden suceder. Todo es calma y paz, no hay nada en este lugar que pueda perturbar los sentidos. Quizá, en el fondo sea muy solitario, pero es absolutamente majestuoso y en él está la Verdad. Sospecho, como tantos otros, que en el inicio todo era así, el estado original, cuando todos éramos uno y uno era nada. Pero en ese momento aparecen, lentamente al principio, rápidamente después, los problemas. Misteriosamente siempre saben dónde estamos. El efecto se pierde y aquello que era hermoso se vuelve horrible, porque ahora estamos solos con nosotros mismos. Si hemos de temer, por nuestra penosa naturaleza, a lo que no conocemos, el por qué le tememos a enfrentarnos con nosotros mismo me incomoda. Será acaso que sabemos, en lo profundo de nuestro ser, que durante nuestra vida no solo buscamos conocer a los demás sino también a nosotros mismos. Entonces el bello Silencio, se vuelve aborrecible, despreciable porque nos revela que ...

La Puerta

Nuevamente me enfrento a la maciza puerta de roble. Es enorme, hermosa y muy decorada. Posee dos hojas y sus herrajes son de oro. La primera vez que la atravesé, me vi envuelto en miles de problemas y termine aun peor de como había entrado, si eso era posible. Ahora, que creía haber visto la luz, lo que algunos llaman felicidad, me encuentro otra vez frente a mi verdugo de madera. La miro distante, está cerrada, pero no se por cuanto. Puedo evitarla, sí, pero no sería yo, sería una copia cobarde de mi, un clon débil. Los dos caminos que están detrás son terribles, para mí por lo menos, me llevan a la destrucción, no física, pero eso no es bueno. La destrucción física es más fácil de tolerar, de soportar, de aguantar. Los otros tipos, son intolerables, insoportables, inaguantables. El cómo vuelvo al mismo dilema, aunque creo que es la primera vez que me lo planteo, es bastante sencillo de explicar. Al igual que el resto de los hombres, soy tonto. Sí, tonto, como vos, como él, como aquel...

Después de la lluvia

El día era gris, como su vida. Aquellos momentos pasados de felicidad, parecían nunca haber ocurrido o eran un vago recuerdo, como un sueño o una fantasía que quizá tuvo. El paso lento, las leves sombras que se dibujan y acompañan la intermitente llovizna y el constante viento, el tiempo y los días. La continuación de baldosas que componen una vereda, marcaban su camino. Intentaba, inútilmente, cubrir sus ojos con su cabeza, bajándola levemente. Estaba condenado a mirar el suelo de manera forzada, aunque no diferenciaba nada del monótono objeto. Lo triste contagia el entorno cuando los deseos son inalcanzables y lo único que se tiene es un rotundo y permanente, casi infinito, no. Otra cosa, más allá de aquello que queremos decir en los momentos inapropiados, es la declaración. El medio no importa, el mensaje lo es todo. De ambos lados. Una que otra piedrita se atravesaba en su camino y eran desplazadas por un puntapié, no muy fuerte. Poca era la gente con la que se cruzo y aún...

Castigo en espiral

El muchacho se acercó a su enamorada y le contó una historia al oído. Le hablo de dos jóvenes que hace mucho tiempo se amaron profundamente, tanto que uno no era capaz de vivir sin el otro. Pero sus familias querían impedir por cualquier medio esa relación. Para poder estar juntos, ambos cambiaron sus cuerpos y él fue abeja y ella mariposa. Se amaron y volaron por mucho tiempo, pero sus nuevas familias tampoco aceptaron esa romance e hicieron lo imposible para separarlos. Nuevamente cambiaron su forma y él fue árbol y ella jirafa. Se amaron mucho tiempo, pero ni las jirafas ni los árboles gustaban de tal affaire, por lo que conspiraron en contra de los amantes. Las jirafas atacaron al apasionado y los árboles envenenaron sus hojas para la amante. Entonces para escapar de todo ser vivo, él se volvió Sol y ella fue la Luna.

Más que una partida de ajedrez

Moví el peón y mire sus ojos. Estaba totalmente concentrada en el juego. Yo, en cambio, no estaba en ese lugar. Mi mente divagaba lejos, juntaba palabras, armaba frases... Las piezas viajaron y murieron, una por vez. Intente enfocarme, se podía predecir el final. Su reina estaba muy cerca de mi rey. Tantas cosas quería decirle, pero no era el momento. No, no era. ¿La revancha? Idéntica. Creo que en ningún momento me noto a su lado. Por otra parte, la caída de mi caballo y la corrida para proteger a mi rey, la tenían desconcertada. Supongo que no esperaba cosas alocadas de mí. La verdad, no pensaba lo que hacía. Yo seguía lejos. Nuevamente la reina estaba peligrosamente cerca, mire el tablero y vi, en tres o cuatro movimientos, mi final irremediable. Mi turno. Tiro el rey. Mejor retirarse con un poco de honor, que perderlo todo por obstinación.

Condena desmerecida

La Luna reinaba esa noche. Las estrellas, sus siervas inconscientes, la admiraban desde el resto del firmamento. Bailaban, lentamente, bajo la música cósmica de la galaxia. La Tierra, testigo privilegiado, la observa danzar o quizá, sin ser su propia voluntad, acompaña en movimientos coordinados el espectáculo. Atmósfera de relajación y reflexión, el cielo era. La indiferencia destruía todo aquello que ame alguna vez. La gravedad, victimario de la desolación presente, presionaba mi pecho contra el suelo, tratando de desgarrar mi corazón que no paraba de latir. Suave prisión, este cuerpo, de un alma malherida y solitaria. Víctima de un castigo inmerecido y cruel. Condena absurda, tal vez de antiguos crímenes, o error del Juez Supremo… La Luna y yo nos miramos, en silencio, durante mucho tiempo. No lo soporto más y le pregunto: -¿Me darás crédito para la próxima vez?