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Lo que va en el arroyo

Su imagen se difuminaba en la corriente oscura del arroyo. El hilo de agua se perdía más allá de las construcciones, de las montañas, de su vida. Un puñal de muchas curvas que arrastraba los desechos de innumerables historias. También los suyos, que desaparecían como la arena de un reloj roto o las gotas de una clepsidra sin fondo. Se derramaban sus sueños y también sus esperanzas hasta que la corriente le trajo la imagen difuminada de alguien que lo miraba.

Las cosas que escondemos en nuestros laberintos

Ella puso el punto final con la tercera campanada y dejó atrás un lienzo en blanco. Ese tejido está guardado detrás de una gran puerta al fondo de miles de pasillos. Cuando lo descubrí, el tiempo lo había mancillado con cruel tiranía. Sus hilos, antes paralelos, se separaban despacio como un camino que se bifurca. Desconozco al Minos que condenó un trozo de tela a sufrir tal destino, aunque lo entiendo. En mi bóveda duerme un reloj de arena que cada tanto me recuerda que tiempo pasa para todo.

Quien se perdió en su camino

Me desvanezco como un suspiro antes de las campas de medianoche. O como un gato que huye luego de oír un grito. Las estrellas que antes me inspiraban ahora sólo son puntos luminosos en el cielo nocturno. Pero algunas todavía intentan resaltar por sobre sus hermanas mientras las miro por la ventana. Algunos gatos sucumben a su curiosidad y se enfrentan al grito. Algunos hombres no suspiran antes de las campanas y no se arrepienten de sus acciones. Ellos enseñan lecciones que todavía no aprendí.

En un mundo sin otros colores

Estoy perdido. Lo sé y los demás también lo saben. A veces vago sin rumbo o confundo los destinos. Tantas cosas que antes me gustaban ahora ya no importan. Pero…  Ahh sí, esos ojos grises que se confundían con el cielo nublado. Ahí se rompió la brújula que inconsciente seguía. Esa constante amenaza de tormenta desarticuló el verso que fundaba mi poesía. Ahora soy otro rehén, que pena persiguiendo a su captor en una suerte de Estocolmo. Temo enfrentarme a mi reflejo en el espejo cuando este viaje termine.

Cuando comienza el día

El sueño se terminó. Pesadilla o paraíso, será debate de historiadores y biógrafos sagaces o no tanto. ¿Qué figuras ilustraran los vitrales del futuro? Sin hilo de oro para seguir, la puerta del laberinto puede ser sólo un espejismo, una falsa salida. El sueño se terminó. Redunda decir que las torres caen al paso del baño de realidad de una cachetada. ¿Quién se animará a armar nuevos castillos con cartas? Sin comodines muchos juegos se vuelven casi imposibles de ganar, casi. El sueño se terminó.

Relatividad

Ella dibujaba sonrisas en un papel para escapar de la realidad. Yo le daba la espalda sentado en un sillón y observaba la ventana casi sin reconocerla. Una gota de rocío escapaba de la congelación y discurría en el vidrio empañado. El sonido del lápiz desgarrando la hoja servía de banda sonora. Cada tanto su respiración cambiaba, parecía que su corazón iba a saltar y golpearme o amarme, algo intenso, pero luego volvía el corte del lápiz al papel. Un diente, unos labios contundentes y carnosos, un tipo feliz. Entrecerré los ojos y traté de imaginar las palabras que romperían el velo que nos separaba. Los abrí al segundo, pero ella ya no estaba. No había lápiz ni hoja, mesa o sillas. Otra gota viajaba solitaria en la ventana, pero era de una lluvia pasajera. El tiempo me jugó una mala pasada, me hizo viajar en un segundo casi una decena de años.

Encerrando los problemas

Pensé que iba a ser la respuesta correcta, por ser la más fácil y evidente. Tomé su foto y a su alrededor dibujé un conjunto de líneas que entre curvas y rectas la iban encerrando. Cuando se volvió imposible salir, contemplé mi obra como a un hijo recién nacido y la escondí en un cajón. Pero los laberintos demandan supervisión primero y sacrificios después. Otros tenían que pagar el precio de mitigar mi dolor y eran ofrendados a la bestia, ya sin forma porque los recuerdos metamorfosean. Tal vez el monstruo ya no exista o quizá nunca lo hizo, pero las paredes del laberinto colman mi mundo. ¿Esperaré guarecido en mi castillo la llegada del héroe, espada en mano? ¿Tomaré acaso la daga y terminaré con el simple papel? Las palabras crean, las palabras nos sobreviven. Pobre Dédalo fui y moriré.