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Certezas

Sé que el Sol saldrá mañana, pese a no verlo. Sé que en la primavera más de uno bailará por el polen y las abejas. Sé cuándo será el próximo eclipse y dónde verlo. Sé que la vida tiene momentos felices, mas no épocas felices. Sé que todos los que me rodean me abandonarán tarde o temprano. Sé que ya no puedo seguir en zugzwang. Tengo muchas certezas, estoy lleno de ellas. Pero pese a todo, no estoy seguro de saber qué decir si ella entra por esa puerta.

Para la espada, el verso

Uno de sus dedos en mi espalda me despertó de la contemplación absorta del ventanal, la mirada al horizonte. Decidida, aunque casi susurrando, habló de capitular, de los finales, de esas historias que se terminan. Yo tenía los brazos cruzados y la miré casi sin curiosidad, como un stretegos que sabe el resultado de la batalla. En retrospectiva, mi interés se centró en aquellos detalles que luego serían ella. La marquita que se dibujaba en sus pómulos cuando hablaba, la línea suave de sus labios y una mirada que no necesitaba palabras. Hoy no recuerdo cuánto tiempo pasé frente al ventanal.

Cuando el sol salía

En el preludio de mi despertar vislumbré un tótem bañado de un líquido ámbar rodeado de un manso arroyo. Se floreaba como un tesoro o un trofeo casi inalcanzable, tal vez inexistente. Pero en esa fantasía había una sensación o un sentimiento muy familiar. La idea de desconocer quién ganará, pero estar seguro que yo ya perdí. Al abrirse, mis ojos se reconfortaron con la oscuridad total, esa que tanto me gusta.

A la deriva

Es una gota cruel la última de la clepsidra para aquel que no encuentra el norte en ningún lado. De nada le sirve dibujar figuras en los cielos, porque desconoce las estrellas. Solo repite un par de historias que lo ayudan a enfocarse como talismanes. El hombre en el laberinto que conoce su destino al ver la sangre de la bestia en el suelo. Un hijo ambicioso que no se conforma con ver el Sol de lejos. Un general que sabe que cruzar un río es no volver, pero que igual no puede volver. Un ciego que llora a una o dos mujeres y se refugia en la erudición y la distancia. Un desertor que dibujó su propia bandera y busca la gloria en sus pequeñas guerras personales.

Ante el Rubicón

Los dados en la mesa auguraban la necesidad de una batalla, incluso para mí, que no creo en el destino. No veía en el horizonte cercano ningún hilo de agua que sea un punto de no retorno. Y sin embargo, mi cuerpo se preparaba para ese sentimiento posterior al fracaso inminente. Tal vez ya estaba combatiendo y todavía no lo sabía; saltar al vacío es un proceso que comienza cuando uno se levanta una mañana. Con la distancia de las décadas puedo verlo claro.

Otras circunstancias

Sus dedos pasean casi perdidos sobre el borde de la copa, todavía tibio por el calor de su boca. Habla de algo que no se puede repetir, algo de lo que se lamenta, pero no es algo que yo entienda. Estoy perdido en dos o tres colores que me distraen a confines insospechados. Uno descansa en sus ojos, como la tierra húmeda, fértil y cultivable. El otro en el escarlata de sus labios, que despiertan sentimientos que no sabía que todavía tenía. El tercero es el negro de su sombra, que se vuelve más intenso cada vez que se va. Tal vez descubra en mi indiferencia algo que no me atrevo a decir, pero que tampoco se quedará a escuchar.

Aquel jueves

Su muñeca se movía lenta pero firme mientras dibujaba una lágrima en el lienzo. Yo improvisé que esa gota también era el río y el tiempo, entre risas. Ella me miró, siempre con una sonrisa y se me acercó despacio como la niebla. Cuando ya podía sentir el calor de sus labios en mi mejilla susurró casi entre suspiros que todos los corazones tienen que romperse. Todavía intento demostrar que se equivoca, pese a los años y a mis derrotas.